José
admin Julio 20th, 2007
Si analizamos los motivos de este hecho, muchas son las razones que se barajan entre expertos, no tan expertos, y público en general.
Es interesante analizar opiniones dadas y razones imaginadas.
Sin embargo, nuestro mercado local – según mi opinión – presenta algunas características propias que ahondan la crisis e incluso la fomentan.
Veamos cuáles son.
La crisis del año 2001 cambió de cuajo la mentalidad del mercado comprador, que siempre fue el de alto poder adquisitivo.
El gasto considerado superfluo se restringió hasta niveles nunca vistos, y las antigüedades cayeron de inmediato en esa categoría: se podía prescindir de cualquiera de ellas, y aún vivir con confort.
La tesitura se convirtió en concepto, y hoy día muchos ex clientes la sostienen a ultranza.
Sus prioridades cambiaron ante el barquinazo, así como ciertas costumbres sociales: se recibe menos y se sale a comer más.
El costo de nuestros artículos es considerado por demás alto, y la mención de unos miles de dólares hace temblar a los que antes los desembolsaban alegremente.
Sin embargo, la caída estrepitosa del peso atrajo, a su vez y en su momento, una avalancha de extranjeros que comercian en el rubro, y hasta tentó a algunos particulares que trataban de comprar barato y llevarse a sus ciudades un buen botín.
La fiesta duró poco; en cuanto se vio que los precios a los que se vendía eran considerados baratos por los dealers del mundo, se los empezó a elevar hasta llevarlos al nivel del 1 a 1, y a veces aún más.
Resultado: la marejada se calmó casi instantáneamente y los anticuarios extranjeros en general se quedaron en sus casas y en sus tiendas; aquí nos quedamos con nuestros precios astronómicos.
Al mismo tiempo que esto sucedía, e incluso algunos pocos años antes, la mayoría de los decoradores argentinos de importancia desaparecían de escena porque también entraban en la bolsa de lo superfluo: la avalancha de encargues, proyectos – muchos faraónicos – o delirios de nuevoriquismo quedaba atrás.
Ya no participan prácticamente de muestras, ni visitan asiduamente nuestros locales.
Ocupan su lugar una camada de arquitectos jóvenes - la mayoría sin un excesivo refinamiento estético y sin conocimientos de interiorismo – que se pliegan a ultranza al minimalismo de moda, tanto por convencimiento como por desconocimiento y comodidad.
Visitando una, dos o tres casas de venta de muebles medianamente diseñados, solucionan cualquier problema de amoblamiento.
Los interiores se convierten en masivos, todas las nuevas casas o departamentos parecen haber sido concebidas por la misma persona: conocer una es conocer las demás.
Un empresario de 37 años me confesó recientemente que, estando sentado en el living de algún amigo, a veces le parece que no salió de su departamento y que alguien le cambió los muebles de lugar.
Se acaba, salvo por honrosas excepciones, el refinamiento de otras épocas.
Las Casas FOA se convierten, año tras año, en más de lo mismo.
¿Recuerdan las primeras muestras que se hicieron, cuando llegamos a negarles muebles y objetos, tan solo por no quedar con los locales prácticamente vacíos?
También nuestras Ferias entraron en crisis en los últimos años del siglo pasado.
Se entabló la polémica de cómo debía encarárselas y cuál debía ser su concepto.
Nunca terminamos de ponernos de acuerdo – como en casi todo – y, a pesar de que se hicieron varios ensayos de diferentes características, ninguno resultó medianamente satisfactorio o medianamente exitoso.
Hoy día contamos con una nueva versión de Exposición, Feria o Muestra de Antigüedades, como se la quiera llamar.
Todo el mundo desarma sus locales y los vuelve a armar donde sea que se le indique, paga alquileres, fletes, stands, empleados extra, sándwiches de jamón y queso y Coca de litro para soportar comiendo el stress de las demoras en el armado y los inconvenientes de última hora, vigilancia, limpieza, seguros, y muestra sus mismas cosas – o dos o tres que guarda ex profeso - a los pocos clientes que quedan y, eso si, a un malón de personas que los primeros días llegan para ser vistos o para cumplir con el requisito social de haber estado, y más tarde para otro malón – cientos de paseantes - sin la menor voluntad o posibilidad de compra.
Podrá haber una intención didáctica en el evento, no lo dudo, pero a mi parecer no son nuestros bolsillos quienes debieran ocuparse de lo que corresponde a Museos, Fundaciones y Ministerios.
Sin embargo, año tras año, el hecho ocurre, y sigue siendo mucho más social que comercial, mucho más para aderezar algunos egos que para obtener réditos económicos.
Mientras tanto la vida continúa y las nuevas generaciones se casan y hacen listas de casamiento, virtuales en realidad, ya que nada de lo que se les compra llega a destino.
Se acabó aquello de “me lo regaló Mengano” o “me lo mandó Sutano”.
Los muebles los obtienen muchas veces devolviendo lo que con cariño les compramos de una lista, para alcanzar los precios de alguna comodita mistonga o unas sillas de comedor de dudosa factura.
Las prioridades son otras, señoras y señores: el Plasma de 1, 10 mts de pantalla, el Home Theatre, el celular que conlleva 1288 funciones, las cortinas a control remoto, la iluminación computarizada del nuevo hogar, y todos los “gadgets” eléctricos y electrónicos habidos y por haber.
De vez en cuando, alguno que otro se inspira y compra una comodita provenzal repintadita de blanco, o una arañita de dudosa procedencia mal aggiornada, con caireles pintados y algunas lágrimas de vidrio, para el cuarto de la nueva heredera.
Nuestra mercadería – fea y con olor a viejo, como me la definió la hija de mi mejor clienta – no entra, no encaja en el concepto de las actuales generaciones de exitosos ejecutivos.
¿Seremos finalmente - me pregunto - otra de las muchas especies en riesgo de extinción?
José Rodríguez Cortés.




