admin Julio 16th, 2007
23 años después, un 15 de Julio, Diego Velásquez y Pánfilo de Narváez fundaron la Villa de San Cristóbal de La Habana, que tubo su emplazamiento final cuatro años después, sobre la costa norte de la isla, entre la desembocadura del río Almendares y la pequeña boca de entrada de la gran bahía que se convertiría, de inmediato, en el puerto principal de las Antillas.
Las primeras viviendas de los colonizadores se alinearon frente al mar, entre las dos plazas con las que contaba el villorrio.
Eran chozas de barro y palos con techos de palma, apenas sujetadas, atadas y claveteadas por los pocos carpinteros navales que había traído en su expedición el Gobernador General.
Sus pisos eran de tierra batida y los muebles consistían en mesas y bancos de madera cruda, además de los corrientes catres de cuero de la marinería española. Alguna pintura de santos colgaba de las paredes y la iluminación consistía en precarios faroles a aceite de oliva traídos desde Sevilla en el caso de la oficialidad; el común de la gente se iluminaba a velas.
La vida que se llevaba era absolutamente espartana.
Tanto la proximidad de La Habana al profundo canal que la unía a las Bahamas y que evitaba los peligros de la Baja Mar como su profunda y segura bahía, favorecieron de inmediato su desarrollo.
Los navíos comenzaron a ingresar en el puerto cada vez en mayor número; a medida que las colonias sudamericanas comenzaban a producir inmensas riquezas que eran enviadas a España, la ciudad crecía en importancia.
En 1503, el tesoro real declaraba haber recibido 8000 ducados, en 1509 la suma ascendía a 59.000, a 90.000 en 1512, y a 120.000 en 1518.
Después de la conquista de México y Perú estas cifras se hacen astronómicas: la flota de 1551 transporta un millón y medio de ducados, y la de 1583 debe dejar en tierra un millón de pesos fuertes, ya que no tiene más lugar de carga en sus bodegas.
Desde Marzo a Agosto el puerto de La Habana se llena de grandes galeones que transportan a la Metrópoli plata y oro, esmeraldas e índigo, cochinilla y cacao, perlas y plumas de aves exóticas. Prontamente Cuba comienza a exportar también sus primarios productos: tabaco, cueros, frutas, y sobretodo toneladas de variadas y preciosas maderas locales.
Valga como ejemplo las utilizadas en la construcción de El Escorial, todas procedentes de la Gran Antilla.
En los albores del siglo XVII la pequeña ciudad es aun sucia, polvorienta o barrosa según la estación, peligrosa al caer el sol, y apestando a la carne descompuesta de cientos de grandes tortugas que se pudren en la costa, luego de haber sido carneadas y convertidas en tasajo.
Nadie se atreve a salir de noche si no es fuertemente armado: la oscuridad oculta jaurías de feroces perros hambrientos, ladrones, marineros borrachos y negros alzados tratando de recuperar su libertad.
Desde 1551, la Trata ha asentado sus reales en el conveniente puerto, y miles de esclavos llegan anualmente desde África para cubrir las necesidades de mano de obra isleña y luego ser distribuidos a las restantes colonias del Imperio.
Ya para 1630, se comienza la construcción de viviendas en la piedra caliza local, con una nueva arquitectura acorde a la vida de sus moradores y a los mandatos del clima: las habitaciones de los señores se construyen ahora en el primer piso y las cocinas y los cuarteles de los esclavos en entrepisos y bajos.
La ciudad muestra una fisonomía de mucha mayor importancia.
Dos imponentes fortalezas han sido construidas en la boca de la bahía - los Castillos de la Fuerza y del Morro - y una gran muralla de piedra rodea la ciudad, protegiéndola sobre todo de los piratas que la han asolado decenas de veces hasta ese momento.
Importantes arquitectos eclesiásticos han erigido Catedrales y Templos, y muchos de sus habitantes gozan ya de una enorme prosperidad.
Españoles y criollo de ese origen - algunos aristócratas y otros recientemente ennoblecidos por la Corona con importantes títulos, algunos con Grandeza de España - comienzan a construir imponentes y majestuosas mansiones y palacios; multitud de carpinteros, ebanistas, techistas, picapedreros, hojalateros, alfareros y hasta orfebres han arribado a la isla o han evolucionado desde sus orígenes como “arregla-navíos”, calafateadores o herreros.
Detrás de enormes portones macizos adornados con bellas y complicadas cerraduras, flanqueados por columnas de piedra y coronados por escudos nobiliarios, se abre el mundo de suntuosidad y encanto de las nuevas construcciones habaneras.
Imponentes y amplios zaguanes con mediopuntos y lucetas cubiertas por vitrales de diferentes colores traídos de Europa - que se reflejan como fuegos de artificio en los muros - desembocan en maravillosos patios y jardines interiores donde corre la brisa y se mecen, elegantes, las palmas. Alrededor de los mismos, la edificación - generalmente soportada por airosas columnas toscanas - albergan una gran actividad, con las familias viviendo en el primer piso y los servicios fluyendo en los bajos.
Grandes entrepisos de empinadas escaleras alojan decenas de esclavos, donde viven y efectúan las tareas domesticas y de administración de la casa.
Tanto las paredes que circundan los patios como las de los ambientes del primer piso, están decorados con frescos de paisajes y escenas galantes, o son pintadas en dos o tres colores, enmarcados por guardas de flores y pájaros o intrincadas combinaciones geométricas.
Los salones son de imponentes dimensiones, los pisos de variados mármoles y las ventanas tienen grandes persianas movibles para dejar pasar las brisas nocturnas, refrescantes en los calidos meses del verano; no llevan cristales. Las vigas que soportan los techos y los cielorrasos, confeccionados en infinidad de ricas maderas isleñas, presentan tallas, taraceas y marqueteados de inmensa belleza.
Aún tratando de construir según los cánones de moda de la época, los estilos son reinterpretados y copiados con un personal sabor local: lo cubano puede ya identificarse sin posibilidad de error.
Iniciado en el XVII, todo el siglo XVIII se caracteriza por este auge arquitectónico.
Desde sus austeros comienzos hasta sus días finales donde se sintetiza con enorme suntuosidad el gótico, el barroco y hasta el morisco, las columnas interiores y exteriores, en sus muchas modalidades cubanas, se convierten en la más visible y contundente característica de la ciudad.
Columnas, columnas, miles de columnas adornan la bella Habana; “la ciudad de las mil columnas”, como la rebautizó el poeta Alejo Carpentier.
La transición de los interiores acompaña la de la arquitectura urbana.
De los primeros muebles algo mas elaborados y con una cierta personalidad propia de principios del S. XVII - que comienzan a brindar los primeros signos de confort a sus usuarios – desde 1670 en adelante y durante todo el S. XVIII ,se avanza hacia un desarrollo mucho mayor de los mismos.
Aquellos carpinteros náuticos devenidos ahora en hábiles ebanistas, sumados a otros llegados de Europa, comienzan a construir imponentes alacenas taraceadas; grandes cómodas de caoba maciza, muchas a la manera francesa o lusitana; grandes comedores con sillas de baqueta profusamente repujada; muebles decorativos tallados y algunas copias de muebles europeos, volcados al gusto local.
Los sofás y sillones son adaptados al clima habanero, y los ricos tapizados son reemplazados por la rejilla - esterilla de ratán - que permite el paso del aire libremente.
Mientras más avanza el tiempo mas lujos se buscan, y se comienza a importan casi todo de Europa: vajillas, platería, cristales, todo tipo de ornamentos, y mucha estatuaria italiana.
La indolencia que fomenta el calor impone el “balance”: sillones de todos los estilos son montados sobre parantes curvos para permitir que quienes los utilicen se puedan mecer perezosamente.
La irrupción del Barroco en Europa termina con los últimos vestigios de sobriedad española en el mobiliario, y todos se afanan por mandar a construir consolas y mesas de centro ampulosas, algunas inclusive doradas.
Las señoras prescinden de sus ropas peninsulares y encargan su vestuario a París y Viena; los caballeros, en especial los criollos, se visten a la moda inglesa e importan telas, sombreros y hasta prendas ya confeccionadas en Londres.
Se rivaliza en elegancia, derroche y poder.
La gran sociedad se prepara, terminando el siglo, para el comienzo del XIX con sus ideas innovadoras, su apertura hacia la libertad, sus nuevas filosofías y corrientes literarias, sus ideales de Independencia y la consagración definitiva de las grandes plantaciones de caña de azúcar.
En este siglo que llegará, otras serán las influencias en el mobiliario cubano, principalmente las del mal llamado Imperio norteamericano, el fernandino, el Imperio francés, el Napoleón III y el victoriano hasta el isabelino, ya en los albores de la Independencia.
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